"No puedo meditar", me dicen a menudo. "Mi mente no para de pensar". Y yo sonrío, porque yo también pensaba eso. Creía que meditar significaba lograr un estado zen donde mi mente estaría perfectamente quieta, como un lago sin una sola ondulación.
Spoiler: eso no es la meditación. Y si eso fuera el objetivo, creo que muy pocas personas serían capaces de meditar.
La verdad es que la meditación no se trata de detener los pensamientos. Se trata de cambiar tu relación con ellos. Se trata de aprender a observarlos sin ser arrastrada por ellos. Se trata de crear un espacio entre tú y el ruido constante de tu mente.
La mente que piensa es una mente normal
Tu mente está diseñada para pensar. Esa es su función principal. Pretender que deje de hacerlo es como pedirle a tu corazón que deje de latir. Los pensamientos van a llegar, van a marcharse, van a volver. Y está bien.
La meditación no es una guerra contra tus pensamientos. Es más bien como sentarte junto a una carretera muy transitada y observar los coches pasar. No necesitas detener el tráfico. Solo necesitas darte cuenta de que tú no eres el tráfico. Tú eres quien observa.
Cuando comencé a meditar, me frustraba profundamente cada vez que mi mente se desviaba. "Lo estoy haciendo mal", pensaba. "No sirvo para esto". Hasta que alguien me explicó algo que cambió completamente mi perspectiva:
"El momento en que te das cuenta de que te has distraído no es un error. Es el momento de la meditación. Es justo ahí donde está la práctica."
La práctica está en el regreso
Cada vez que tu mente se va hacia esa lista de tareas pendientes, hacia esa conversación que tuviste ayer, hacia esa preocupación sobre el futuro, y tú te das cuenta y gentilmente regresas tu atención a la respiración, a la sensación de tu cuerpo, al momento presente... eso ES meditación.
No es que hayas fallado y luego te hayas corregido. Es que has practicado exactamente lo que la meditación te enseña: darte cuenta de dónde está tu mente y elegir conscientemente dónde la quieres dirigir.
Es como entrenar un músculo. Cada vez que regresas, cada vez que vuelves a elegir el presente, estás fortaleciendo tu capacidad de atención consciente. Estás practicando el arte de no ser arrastrada por cada pensamiento que aparece.
Desmitificando la "mente en blanco"
Esa imagen de la mente perfectamente quieta es tanto un mito como una trampa. Porque si ese es tu objetivo, siempre vas a sentir que estás fallando. Y la meditación no se trata de añadir más formas de sentir que no eres suficiente a tu vida.
La meditación se trata de cultivar una relación más amable contigo misma. De aprender a estar presente con lo que hay, en lugar de estar constantemente luchando contra lo que es.
Algunas veces tu mente estará relativamente quieta. Otras veces será como un mono saltando de rama en rama. Ambas experiencias son válidas. Ambas son oportunidades para practicar la presencia y la compasión hacia ti misma.
Práctica: Los pensamientos como nubes
La próxima vez que medites, imagina que tus pensamientos son como nubes en el cielo. Aparecen, tienen formas diferentes, se mueven, se transforman, desaparecen.
Tú no eres las nubes. Eres el cielo que las contiene. Amplio, vasto, inalterado por lo que pasa a través de ti.
No necesitas empujar las nubes. No necesitas aferrarte a las que te gustan o huir de las que no. Simplemente obsérvalas pasar.
La meditación como acto de amor propio
Hay algo profundamente revolucionario en tomar unos minutos de tu día para simplemente estar contigo misma. Para no producir nada, no arreglar nada, no mejorar nada. Solo estar.
En una cultura que nos enseña que nuestro valor está en nuestra productividad, en lo que logramos, en cómo nos vemos, la meditación es un acto radical de amor propio. Es decir: "Merezco tiempo conmigo misma, tal como soy, sin necesidad de justificarlo".
No necesitas meditar para ser una mejor persona, para ser más calma, para ser más espiritual. Puedes meditar simplemente porque mereces momentos de paz. Porque mereces experimentar la quietud que ya existe dentro de ti, debajo de todo el ruido.
Empezar desde donde estás
No necesitas una esterilla especial, ni incienso, ni una app perfecta. No necesitas 30 minutos libres ni un lugar completamente silencioso. Puedes empezar exactamente donde estás, con lo que tienes.
Cinco minutos cuentan. Tres respiraciones conscientes cuentan. Un momento de presencia mientras tomas tu café cuenta. La meditación no es un destino al que llegar, es una forma de estar en el viaje.
Práctica simple para empezar
Minuto 1: Simplemente nota que estás respirando. No cambies nada, solo observa.
Minutos 2-4: Cuando notes que tu mente se ha ido hacia otros lugares, sonríe internamente y regresa tu atención a la respiración.
Minuto 5: Agradécete por haberte dado este momento de presencia.
Eso es todo. No hay forma de hacerlo "mal".
Los beneficios llegan solos
Cuando dejas de perseguir los beneficios de la meditación y simplemente practicas por el simple acto de estar presente, algo hermoso sucede: los beneficios aparecen por sí solos.
Te vuelves un poco menos reactiva. Un poco más capaz de crear espacio entre un evento y tu respuesta. Un poco más amable contigo misma cuando las cosas no salen como esperabas.
Pero estos cambios no son el objetivo. Son efectos secundarios de cultivar una relación más consciente contigo misma y con el momento presente.
"La meditación no te va a 'arreglar' porque no necesitas ser arreglada. Te va a ayudar a recordar quien eres debajo de todo lo que crees que deberías ser."
Cuando la meditación se siente difícil
Hay días en que sentarse a meditar se siente como lo último que quieres hacer. Tu mente está particularmente agitada, tus emociones están muy presentes, no puedes encontrar ni un momento de calma.
Esos son precisamente los días en que más necesitas la práctica. No porque vayas a sentirte inmediatamente mejor, sino porque vas a practicar estar presente incluso cuando es incómodo. Vas a recordar que puedes observar la tormenta sin ser la tormenta.
En esos días, la meditación puede ser simplemente sentarte y reconocer: "Hoy todo se siente caótico. Y está bien. Puedo estar aquí con el caos sin necesidad de arreglarlo inmediatamente".
La meditación como regreso a casa
Al final del día, la meditación es sobre volver a casa. A tu cuerpo, a tu respiración, al único momento que realmente tienes: este.
Es sobre recordar que tienes un refugio interno al que siempre puedes acceder. No importa lo que esté sucediendo a tu alrededor, siempre puedes regresar a la quietud que existe en tu centro.
No necesitas buscar esa quietud. No necesitas crearla. Solo necesitas recordar que ya está ahí, esperándote pacientemente, cada vez que estés lista para encontrarte con ella.
Tu mente va a seguir pensando. Tu vida va a seguir teniendo momentos de caos y de calma. Pero debajo de todo eso, siempre vas a tener la capacidad de volver a ti misma. De recordar que eres tanto la observadora como lo observado. Tanto el cielo como las nubes que lo atraviesan.
Y eso, querida, es más que suficiente para empezar.