Querido trauma:

Te escribo desde un lugar que jamás pensé que alcanzaría. No desde la curación completa —esa fantasía en la que tú simplemente desapareces—, sino desde algo más real y, sorprendentemente, más hermoso: la integración.

Durante años creí que sanarte significaba borrarte. Que la meta era llegar a un lugar donde no sintieras dolor, donde no reaccionara a ciertos sonidos, donde no me visitaran las memorias. Pensaba que estar "bien" significaba que nunca más me despertaría en medio de la noche con el corazón acelerado, recordando.

Me esforcé tanto por silenciarte. Te empujé hacia las sombras, te negué, te minimicé. "Ya pasó", me decía. "Tienes que superarlo". Como si fueras una página que se pudiera arrancar del libro de mi historia sin dejar rastro.

Pero tú persististe. No con malicia, sino con la desesperación de algo que necesita ser visto, escuchado, integrado. Y yo interpretaba tu persistencia como una falla mía, como evidencia de mi debilidad.

Con el tiempo, aprendí a escucharte.

El día que dejé de pelear contigo

Recuerdo el momento exacto en que algo cambió. Estaba en terapia, llorando de frustración porque "todavía no me había curado". Mi terapeuta me miró con esa gentileza que desarma y me preguntó: "¿Y si no se trata de curar? ¿Y si se trata de aprender a convivir?"

La pregunta me partió. Porque por primera vez alguien me sugería que tal vez no estaba rota. Que tal vez tú, trauma querido, no eras una falla en mi sistema, sino una parte de mi historia que merecía compasión en lugar de rechazo.

Esa noche lloré de una forma diferente. No desde la frustración de no poder "superarte", sino desde el alivio de no tener que hacerlo. De poder darte un lugar en mi historia sin que eso significara que me definías completamente.

"La sanación no siempre es lineal. A veces es circular, espiral, impredecible. Y eso no significa que estés haciéndolo mal."

Aprendiendo tu idioma

Con el tiempo comencé a entender que tenías tu propio lenguaje. Que cuando mi cuerpo se tensaba ante ciertos sonidos, no estaba "reaccionando exageradamente". Estaba recordando. Estaba diciendo: "Esto me resulta familiar de una forma que no se siente segura".

Cuando me costaba confiar, cuando levantaba muros, cuando me alejaba justo en los momentos de mayor intimidad, no era porque fuera "incapaz de amar". Era porque tú me habías enseñado que la vulnerabilidad podía ser peligrosa.

Y por primera vez, en lugar de juzgar estas respuestas como incorrectas, comencé a agradecértelas. Habías sido mi sistema de supervivencia. Me habías mantenido a salvo de la única manera que sabías cómo.

Querido trauma, gracias por mantenerme alerta cuando el mundo se sentía incierto. Gracias por enseñarme que tengo una fortaleza que no sabía que poseía. Gracias por mostrarme que puedo atravesar lo imposible y seguir aquí.

Pero también quiero decirte que ya no necesitas protegerme de la forma en que lo hacías antes. Ahora tengo otras herramientas. Ahora sé que puedo sentir peligro sin estar en peligro real. Que puedo honrar tu memoria sin vivir eternamente en el pasado.

Con gratitud por tu servicio.

La danza entre recordar y vivir

Integrar el trauma no significa que nunca más sentiré su presencia. Significa que cuando apareces, ya no me tomas completamente desprevenida. Sé reconocerte. Sé hablarte con gentileza.

"Hola", te digo ahora cuando apareces. "Te veo. Sé por qué estás aquí. Pero estamos seguras ahora. Puedes relajarte".

A veces me escuchas. Otras veces necesitas un poco más de convencimiento. Y está bien. Hemos aprendido a ser pacientes la una con la otra.

La sanación, descubrí, no es una línea recta hacia un lugar donde tú ya no existes. Es una expansión. Un crecimiento alrededor de ti. Como un árbol que crece alrededor de una piedra, no la empuja fuera, sino que la integra en su estructura, haciéndose más fuerte, más interesante, más resiliente.

"Eres parte de mi historia, pero no eres toda mi historia. Eres una nota en mi sinfonía, pero no eres toda la música."

Los días difíciles

Hay días en que tu presencia se siente más fuerte. Días en que una fecha, un olor, una palabra me transporta de vuelta a esos momentos que preferirían quedarse en el pasado. En esos días practico la autocompasión radical.

No me castigo por "retroceder". No me digo que debería estar "más avanzada". En su lugar, me trato como trataría a una niña pequeña que está asustada: con ternura, con paciencia, con la promesa de que esto también pasará.

He aprendido que la sanación no es perfecta. Que puedo tener días malos y seguir estando en proceso de curación. Que puedes aparecer fuerte un día y eso no cancela todo el progreso que hemos hecho.

La fuerza que nació de ti

Hay algo que nunca pensé que te diría: eres parte de mi fortaleza. No porque lo que pasó fuera "bueno" o "necesario" —jamás diré eso—, sino porque la forma en que he aprendido a vivir contigo me ha enseñado cosas que no sabía que podía aprender.

Me has enseñado compasión hacia el dolor de otros. Me has dado una sensibilidad hacia el sufrimiento que me permite acompañar a otras personas en sus propios procesos de sanación. Me has mostrado que puedo romperse y seguir funcionando, flexionar sin quebrarme definitivamente.

No te doy las gracias por el dolor original. Ese nunca debió haber pasado. Pero te doy las gracias por mostrarme mi propia resilencia. Por enseñarme que soy más fuerte de lo que creía.

Querido trauma, hoy te escribo desde un lugar de paz. No porque hayas desaparecido, sino porque he aprendido que podemos coexistir sin que me consumas.

Eres parte de mi historia, pero también lo son la risa, el amor, la esperanza, los momentos de pura alegría. Eres una hebra en el tapiz de mi vida, pero no eres todo el diseño.

Seguimos caminando juntas, tú y yo. Pero ahora yo llevo las riendas.

Con amor hacia toda mi historia,
Incluyéndote a ti.

Un mensaje para quien esté leyendo

Si estás leyendo esto y sientes que tu propio trauma te define, que nunca vas a "superarlo", que hay algo malo contigo porque aún duele... quiero decirte algo importante:

No estás rota. No necesitas "arreglarte". No tienes que alcanzar un estado de perfección emocional para merecer amor, respeto, felicidad.

Tu trauma es parte de tu historia, pero no tiene que ser toda tu historia. Puedes honrar lo que pasó sin quedarte atrapada en ello. Puedes sanar sin olvidar. Puedes integrar sin minimizar.

La sanación no es una línea recta. Es un camino serpenteante, con días buenos y días difíciles, con avances y momentos que se sienten como retrocesos pero que en realidad son parte del proceso.

Y si hoy es un día difícil, si tu trauma se siente muy presente, si estás cansada de "trabajar en ti misma", quiero que sepas que está bien. Que puedes tomarte el tiempo que necesites. Que mereces compasión, especialmente de ti misma.

"Tu proceso de sanación es único. No tiene que parecerse al de nadie más. Solo tiene que ser tuyo."

Y si sientes que necesitas ayuda, si el camino se siente demasiado abrumador para transitarlo sola, está bien pedir apoyo. Está bien buscar a alguien que camine contigo, que entienda el territorio por el que estás navegando, que pueda ofrecerte herramientas y, sobre todo, compañía.

Porque al final del día, la sanación es tanto sobre el destino como sobre no tener que hacer el viaje sola.

Tu trauma no te define, pero tampoco tienes que fingir que no existe. Puede ser parte de tu historia sin ser toda tu historia. Puedes llevarlo contigo sin que te lleve a ti.

Y eso, querida alma, es una forma hermosa de vivir.